sábado, 11 de julio de 2026

Inteligencia Artificial y Poesía: La Máquina de Cantar

 El impostor Juan de Mairena urdió una “máquina de cantar”, la cual no necesitaba del poeta para hacer poesía. Esa ficción sirvió a Gabriel Zaid para su ensayo del mismo nombre, el cual admitía la posibilidad de que la poesía existiera sin una mano que la escribiera. Bécquer en su famoso poema, no inscribe a los poetas como algo necesario para que haya poesía. Algo así ocurre ya con la inteligencia artificial, que puede escribir poesía sin necesidad de poetas. 

¿Es poesía si no lo escribe un poeta? ¿Es un zapato si no lo manufactura un zapatero? ¿Es una camiseta si no la hace un sastre? La poesía es una creación humana, quizá una de las más tempranas. Quizá la poesía precede al dominio sobre el fuego y la domesticación de las bestias. Quizá la poesía fue lo que nos hizo una especia distinta.

Pero siendo una creación humana es susceptible de automatizarse por una máquina. Así como en sucesión, los pedernales y los martillos fueron un sustituto de nuestras manos; los carruajes y los autos fueron de nuestras piernas; y las calculadoras sustituyeron nuestra capacidad aritmética; la inteligencia artificial puede producir resultados que no requieren de inspiración y sudor para entretener y asombrar como los poemas escritos por los poetas.

La etimología es categórica: poesía, del griego antiguo ποίησις (poiesis), significa, literalmente “creación, fabricación, confección”. Crear algo de la nada. Como la magia. La poesía es pues, susceptible a la fábrica, a la cadena de montaje, a la automatización del trabajo, como cualquier artículo banal de nuestro día a día. No hay nada extraordinario en hacer un poema, la poesía es, salvo por el hecho de ser lo primero que nos distinguió de las bestias, una actividad tan común como cocinar el desayuno.

Mientras escribía este texto, le pedí al modo IA de Google que escribiera: “un soneto satírico sobre las vacaciones”. En mínimos segundos me devolvió un soneto preciso, satírico y pasable, cumplidor de las reglas de un soneto, salvo por el hecho que no estaba en endecasílabos. Le pedí que lo pusiera en versos de once sílabas, y en segundos regresó un soneto satírico sobre las vacaciones en endecasílabos sin mayor mácula, disfrutable para un lector. Le pedí que cambiara la rima, el resultado fue igual de rápido y cumplidor que el anterior.

Así como la máquina sustituyó la fuerza, la destreza y el ingenio del zapatero al hacer zapatos en serie; así como las calculadoras nos permitieron dejar de sumar con nuestros dedos y cerebro; la inteligencia artificial puede prescindir de la inspiración y de la mano del poeta para hacer poemas, y quizá poesía.

Si tenemos un poema perfecto, que nos entusiasma y nos aturde ¿importa si su origen es la “máquina de cantar” de la inteligencia artificial, o la epifanía de un poeta que lo escribió en una madrugada completa? Seguramente un lector cualquiera sería incapaz de distinguir quién es el autor de ese poema que lo conmovió. No debería de importarle, lo importante es que le provocó la emoción al leerlo.

El zapatero sentía emoción y orgullo al fabricar un par de zapatos, así como el poeta disfrutó hacer el poema. Pero en el mercado, quién use ese zapato o quien lea ese poema, ya escapa a su creador. De nuevo el impostor Juan de Mairena: “al fin puedo saludar a quienes no conozco”, decía, y expresaba bien que, para los bienes producidos para el mercado, como un poema, no importa quien los produjo, sino quien los consume, quien usa los zapatos, o quién lee el poema.

Los poemas, como las canciones, dejan de ser del autor y se convierten en propiedad del lector o del escucha. Ya nadie sabe quién es el autor, pertenecen a la tradición, o al olvido. El autor es dispensable, lo que importa es la lectura o la escucha, el disfrute.

Marx imaginaba que, cuando el autómata global llegara, aboliendo el trabajo, los sujetos se dedicarían a hacer arte y a escribir poesía. No imaginó que ese mismo autómata sería capaz de hacer poesía, de pintar, de esculpir, de crear como los humanos. Es imposible distinguir hoy entre un poema escrito por Google o por un poeta, entre un lienzo ejecutado por un pintor o el de una máquina especializada.

Lo que el autómata, la inteligencia artificial, no podrá suplantar, es el goce, el disfrute de la vida, la apreciación de la belleza, la emoción y el aturdimiento. La inteligencia artificial puede escribir el soneto perfecto, pero no sentir la emoción al leerlo; podrá escribir “El Quijote”, pero no se asombrará ante su maestría. La máquina podrá cantar, pero no sabe que canta