sábado, 27 de junio de 2026

El Final De La Escritura

 La escritura es la marca de la civilización. Bajo sus distintas formas, la escritura separa a la civilización de la barbarie. Pero el advenimiento de la inteligencia artificial podría implicar el final de la escritura. Un algoritmo escrito por humanos tiene la capacidad, a su vez, de escribir todo lo posible, haciendo innecesario al escritor. Por ahora, aún es necesario escribir las preguntas, pero no pasará mucho tiempo para que el algoritmo se plantee tanto la interrogación, como la sentencia.

Los modelos de inteligencia artificial (OpenAI, Myhtos, Claude, Gemini, etc) pepenan la vasta información sembrada en internet y en los receptáculos de información pública o privada, para procesarla mediante un algoritmo que devuelve respuestas y resultados. La idea de un cenáculo en donde resida todo el saber que pueda resolver todos los misterios del mundo no es una novedad, precede por milenos a la internet.

La biblioteca de Alejandría resume la ambición humana por tener en un solo recinto todo el saber humano conocido. Sus bibliotecarios escrutaban a todos los llegados a la ciudad, fuera por mar o por tierra, para quedarse con todos los libros (o una copia) que pudieran traer consigo, hasta acumular un acervo que seguramente abarcaba la mayoría de lo conocido en el mundo antiguo.

Nadie pudo leer toda la biblioteca de Alejandria. Ni descansando un solo minuto hubiera sido posible exhumar todos los folios albergados en el acervo. Quizá fue posible acumular en Alejandría todo el saber existente, pero no fue posible conocerlo todo.

Los large language models (LLM) de la Inteligencia Artificial logran lo que los bibliotecarios de Alejandría soñaron: conocer todo el acervo. A la velocidad de la luz barren el saber que reside en esa biblioteca plana que es internet, haciendo una lectura fulminante y regresando en breves segundos una escritura sin que medie, por primera vez en la historia de nuestras civilizaciones, una mano humana.

Escribir es ayudar a la memoria, o para el beneficio de los otros, plasmando lo que está dentro nuestro, o lo que conocemos de otros. Escribir es materializar en signos lo inmaterial de nuestro pensamiento, o lo escrito por otros para prolongar el conocimiento.

Desde la revolución industrial hemos creado máquinas que empezaron por potenciar nuestro trabajo físico, pero en el siglo pasado las maquinas comenzaron a deducir, a jugar ajedrez. Basadas en la lógica matemática, las máquinas fueron primero capaces de calcular, mas  no de escribir. La inteligencia artificial, ya en esta, su primera etapa, escribe.

No importa quién lleve a cabo una suma o una resta. Dado que el resultado es fijo, que la suma lo haga un contador, o una maquina, la identidad no es importante. Quien hable, o quien escriba implica una identidad, implicaba el “yo”. Los prolegómenos de la inteligencia artificial ya logran hoy hacer innecesario al “yo” que habla y que escribe.

Borges asertó que no importa si es Miguel de Cervantes o Pierre Menard quien escribe “El Quijote”. El “yo” es ya innecesario, presindible. El algoritmo puede suplantarlo con eficiencia y sin siquiera la necesida de descubir el engaño. El algoritmo puede escribir “Las Flores del Mal”, sin haber sufrido la sífilis de Baudelaire; puede escribir la obra de Manuel Gutierrez Nájera sin padecer su hemofilia.

El algoritmo puede escribir “Madame Bovary”, el algoritmo puede también reseñar la novela, y puede aprender él mismo de esa reseña para encontrar nuevas interpretaciones y vetas. La escritura es ya irrelevante, se procesa como cualquier suma hecha por una máquina de calcular. Ya no es necesario ser “el ingenioso Hidalgo”, el algoritmo puede replicar humores, estilos, derivas y hasta manías.

Estamos ante el final de la escritura porque ya no es necesario el escritor. El algoritmo pepena la vasta biblioteca de Babel borgiana y regresa con las variaciones necesarias para crear, de lo ya escrito, una nueva novela, poema o sentencia, sin necesida de un “yo”. Sin necesidad del escritor.

De nuevo Borges. Reflexionando sobre ese “yo” sobrepuesto que produce la fama literaria, Borges se planteba en “Borges y yo”, si era él, o el escritor famoso, quien divagaba por las calles o bebía su café. Cargando con esa borrosa identidad el ensayo concluye: “no sé cuál de los dos escribe esta página”

Un algoritmo de inteligencia artificial podría estar escibiendo este artículo, y no yo. 

 

Borges, Autor de la Inteligencia Artificial

 Es difícil imaginar hoy cómo será el mundo forjado por la inteligencia artificial en los próximos, pocos años. Difícil para nosotros, pero no para Jorge Luis Borges, quien, sentado en su biblioteca en una esquina distante del mundo, visualizó universos en donde la lógica ordenaba la realidad. En donde el silogismo tiene la supremacía sobre las emociones y la vida de todos los días.

Alrededor de los cuarenta años de edad, Borges leyó un libro fundamental para su literatura: “Mathematics and the Imagination”, de Edward Kasner y James Newman. El libro destaca por la didáctica con la que explica nociones matemáticas complejas, especialmente de teoría de conjuntos, en donde la noción de infinito lleva a resultados contraintuitivos, paradójicos, como los acertijos de Zenón de Elea alrededor de Aquiles, la tortuga y la saeta que nunca llega al blanco.

El libro de Kasner Y Newman está detrás de muchas de las ficciones más famosas de Borges: la densidad infinita de los números reales se encuentra en “El Aleph”, que es el punto en donde se encuentran todos los puntos, como en internet; la combinatoria subyace en el diseño de “La Biblioteca de Babel”; la continuidad de la recta real, que ya intuía Zenón de Elea, parapeta a las ficciones borgianas de “El Libro de Arena”.

Georg Cantor, el creador de la teoría de conjuntos, acabó enloquecido, quizá demente por las contradicciones que implica la noción de infinito, el cual puede ser de distintos tamaños, y puede numerarse o no numerarse. Kasner y Newman lograron una didáctica de Cantor, y el genio de Borges transformó esa didáctica en una literatura que transformó a la ficción occidental.

“Funes el Memorioso” y “El Zahir” son cuentos escritos bajo la premisa de tomar literalmente la acepción de la palabra “inolvidable”. Algo que nunca se puede olvidar, en ningún instante (“El Zahir”); o alguien que no puede olvidar nada de lo que ha experimentado (“Funes…”). La Inteligencia Artificial se alimenta de todo lo que ha sido dicho, escrito o imputado en ese Aleph y Biblioteca de Babel, que es el internet , y la “Big Data” no olvida nunca y está siempre latente en la memoria como Funes y el Zahir. 

La Inteligencia Artificial ya permite crear clones virtuales, algoritmos alimentados por todo lo que uno hace, escribe, siente, y es. Es ya posible crear un “yo” de Inteligencia Artificial capaz de espejear nuestro Ser. Ese yo artificial puede a su vez dialogar y crear resultados lógicos en interacción con otros yo artificiales. Cuando nuestro yo físico desaparezca, nuestro yo artificial seguirá conviviendo con los yo de otros muertos en un mundo de inteligencia artificial eterno, para siempre independientemente del mundo físico. Esos yo perennes construirán laberintos inútiles, prolongarán el tedio del silogismo infinito, insensibles ya al paso del tiempo y la sensibilidad, como los trogloditas homéricos en el cuento “El Inmortal” de Borges.

Borges supo en ese cuento que la anhelada inmortalidad sería un castigo en los humanos, que el tedio, la ausencia de un fin, y la repetición infinita, acabarían deshumanizando al Ser. Por eso la inmortalidad es posible únicamente para un “yo” artificial, de inmanencia pura. Nuestro gemelo digital reducido a un algoritmo personal hecho de racionalidad y silogismo, e incapaz de plantearse la pregunta sobre el propósito o el fin de la existencia.

Crear un yo de inteligencia artificial forma parte de una larga tradición, es el sueño humano de encontrar la combinación de letras y oraciones que lleven al último de los conjuros, el que permita crear vida a partir de materia inerte. Borges escribe un largo poema “El Gólem”, trasladando a versos la trama de la fábula de Jodah Loew, rabino de Praga, quien tras ensayar combinatoria de palabras logró despertar a un monigote inerte a la vida. Tal y como los yo de inteligencia artificial son convocados a la existencia mediante el algoritmo adecuado.

Pierre Menard escribe el Quijote palabra por palabra de forma idéntica al de Cervantes, pero el texto resultante es totalmente distinto. El mundo ha cambiado, y con ella el libro de las aventuras de Alonso Quijano ha mudado también. Cuando una aplicación de inteligencia artificial genera un texto idéntico a un estilo humano, se abre el debate borgeano: ¿Quién es el autor? ¿El algoritmo, el creador del código, o el usuario que introdujo las instrucciones (prompt)? Borges intuyó que el significado de un texto no depende de quién lo escribe, sino de la lectura y el contexto.

Borges intuyó que la evolución del saber humano llevaría a planos unidimensionales en donde viviríamos artificialmente nuestra existencia. Que alcanzaríamos la eternidad soporífera sólo en el nivel de entes lógicos que confunden existir con vivir. Que un día todo lo que hacemos quedaría registrado y que no se olvidaría en instante alguno. Que sería difícil saber la verdad, pues todos podemos ser sus autores. Borges supo imaginar esa terrible realidad, pero también escribió poesía.